13 febrero 2007

Última fábula de la noche

Esta es mi última entrada en el blog por hoy. Otra fábula que escribí hace un tiempillo:

Cuenta la leyenda, que un hombre sabio vagaba por el mundo sin destino, sin principio ni fin. Cuando el hombre sabio llegaba a una ciudad, todo el mundo se acercaba a él. Celebraban su llegada y todos comenzaban a preguntarle cosas:

- Hombre sabio, necesito de tu ayuda. Quiero obtener dinero porque estoy pasando un mal momento y no sé si vender la única vaca que tengo.
- Debes vender algún objeto material que no te sea de utilidad. Aunque te dé menos dinero. Que te dé lo suficiente hasta que la vaca comience a dar leche y puedas obtener beneficio de ella.
- Hombre sabio, yo también necesito de tu ayuda. Necesito comprender el sentido de la vida.
- El sentido de la vida no es algo general para todos. Cada uno tiene su sentido y la única persona que conoce el sentido de TU vida eres TÚ MISMO.
- Hombre sabio, yo requiero también de su ayuda. Llevo rezando a Buda mucho tiempo y nunca he obtenido respuesta o ayuda. ¿Me estoy equivocando de Dios?
- En lo único que te equivocas es en dudar. Si dudas no reces. Si rezas sin dudas da igual a quién reces.
- Hombre sabio, yo también le necesito. Llevo muchos años plantando en mis campos maíz y los dos últimos años no ha crecido casi nada.
- El campo es como las personas. La rutina diaria le afecta al cabo de un tiempo y hace falta algo de cambio durante algún tiempo para volver a la rutina con fuerza. Prueba a plantar otro tipo de cosecha.

El hombre sabio siguió así por muchos pueblos y contestando a mucha gente. Un día en un pueblo, mientras contestaba a la gente observó que una persona que vivía en la calle, vestido con ropas andrajosas no se acercaba a preguntarle nada. Al final de todo se acercó a él y le dijo:

- Creo que tú tienes muchas necesidades y no te has acercado a preguntarme nada. ¿Por qué no lo has hecho?
- Si es usted tan sabio debería saberlo.
- La sabiduría se gana con experiencia y en mi experiencia nunca me había pasado eso.
- Está bien, se lo explicaré. Yo sé por qué estoy en la calle y vivo así. Sé cómo puedo remediarlo y sé el por qué de todo. Conozco todo sobre mí a la perfección y conozco la vida en general. No tengo nada que preguntarle. Yo elegí mi vida sabiendo mi destino de vivir así. Pero lo hice porque me conozco a mí mismo y no huyo de mí. Ahora le pregunto. ¿Por qué viaja sin destino alguno, sin búsqueda alguna, sin ningún motivo?
- Porque mi destino es ayudar a los que me necesitan y…
- No siga por ahí. Puede engañar a todos los demás, incluso a sí mismo, pero no a mí. Usted huye de su verdadero destino. Usted huye de su verdadero ser. Usted conoce muy bien todo salvo a usted mismo. Usted un día huyó de un poblado porque le perseguían los recaudadores de dinero y huye de sí mismo porque sabe que su conciencia le persigue diciendo que debería haber pagado esa cantidad.

El sabio se quedó pensativo y consideró que aquel hombre le había hecho ver la verdad. Al ir a agradecerle el gesto el hombre había desaparecido. El hombre sabio volvió a su aldea y fue a pagar su deuda. Misteriosamente alguien la había pagado por él hacía ya unos años.

Un año más tarde, otro sabio entró en la aldea donde el antiguo sabio vivía ahora dedicándose a un pequeño comercio que tenía. Se acercó a ver al sabio y ver cómo se desenvolvía. Sorprendido vio que el sabio era aquel hombre andrajoso que le aconsejó en su día. Una vez que el nuevo sabio hubo contestado a todo el mundo y la gente se dispersó, el sabio ya retirado se acercó y se quedó atónito ante su presencia. El nuevo sabio le dijo:

- Veo que acabas de entender todo. Yo soy la persona cuyo destino es el de mostrar sabiduría por el mundo. Tú estuviste en mi lugar durante unos años mientras yo vivía en la calle. Yo pagué tus deudas y esperé a que estuvieses listo para HACERTE VER. Una vez que volviste a ver, yo retomé mi camino de sabio con uno de mis mayores logros a mi espalda. Cada persona tiene su destino y tú, durante un tiempo, te llevaste el mío. Pero te diste cuenta de que ese no era tu destino.
- Gracias.

Y los dos sabios se separaron sabiendo que cada cual seguía su correcto destino y que ambos habían aprendido mucho en estos últimos años.

Como en entradas anteriores de hoy, espero que os haya gustado. Si hay suerte, en menos de un mes escribiré otra vez. Mientras tanto tenéis lectura abudante.

Un saludo, Edu.

Historias made in Jorge Bucay

Hola otra vez:

Hace un tiempo, conocí a Jorge Bucay (no personalmente, pero sí su obra). Me impactó mucho la forma en que era capaz de buscar una historia adecuada en cada instante en uno de sus libros. Os recomiendo leer sus libros porque son muy interesantes y ayudan a reflexionar.

Y ahora, cruzando los dedos para evitar multas de la SGAE, y con permiso de Jorge Bucay (si tú o tus abogados leéis esto, por favor, no me demandéis, sólo quiero extender tu obra) voy a poneros unas pocas fábulas que me parecieron chulas:

EL ELEFANTE ENCADENADO
Cuando yo era chico me encantaban los circos, y lo que más me gustaba de los circos eran los animales. También a mí como a otros, después me enteré, me llamaba la atención el elefante.

Durante la función, la enorme bestia hacía despliegue de peso, tamaño y fuerza descomunal... pero después de su actuación y hasta un rato antes de volver al escenario, el elefante quedaba sujeto solamente por una cadena que aprisionaba una de sus patas a una pequeña estaca clavada en el suelo.

Sin embargo, la estaca era sólo un minúsculo pedazo de madera apenas enterrado unos centímetros en la tierra. Y aunque la cadena era gruesa y poderosa me parecía obvio que ese animal capaz de arrancar un árbol de cuajo con su propia fuerza, podría, con facilidad, arrancar la estaca y huir.

El misterio es evidente: ¿Qué lo mantiene entonces? ¿Por qué no huye?

Cuando tenía cinco o seis años, yo todavía confiaba en la sabiduría de los grandes. Pregunté entonces a algún maestro, a algún padre, o a alguna tía por el misterio del elefante. Alguno de ellos me explicó que el elefante no se escapaba porque estaba amaestrado. — Hice entonces la pregunta obvia:
— Si está amaestrado ¿por qué lo encadenan?

No recuerdo haber recibido ninguna respuesta coherente. Con el tiempo me olvidé del misterio del elefante y la estaca... y sólo lo recordaba cuando me encontraba con otros que también se habían hecho la misma pregunta.

Hace algunos años descubrí que por suerte para mí alguien había sido lo bastante sabio como para encontrar la respuesta:

El elefante del circo no escapa porque ha estado atado a una estaca parecida desde que era muy, muy pequeño.

Cerré los ojos y me imaginé al pequeño recién nacido sujeto a la estaca. Estoy seguro de que en aquel momento el elefantito empujó, tiró y sudó tratando de soltarse. Y a pesar de todo su esfuerzo no pudo. La estaca era ciertamente muy fuerte para él. Juraría que se durmió agotado y que al día siguiente volvió a probar, y también al otro y al que le seguía...
Hasta que un día, un terrible día para su historia, el animal aceptó su impotencia y se resignó a su destino.

Este elefante enorme y poderoso, que vemos en el circo, no escapa porque cree –pobre— que NO PUEDE. Él tiene registro y recuerdo de su impotencia, de aquella impotencia que sintió poco después de nacer. Y lo peor es que jamás se ha vuelto a cuestionar seriamente ese registro.

Jamás... jamás... intentó poner a prueba su fuerza otra vez...

EL VERDADERO VALOR DEL ANILLO
Hay una vieja historia de un joven que concurrió a un sabio en busca de ayuda. Su problema me hace acordar al tuyo.
—Vengo, maestro, porque me siento tan poca cosa que no tengo fuerzas para hacer nada. Me dicen que no sirvo, que no hago nada bien, que soy torpe y bastante tonto. ¿Cómo puedo mejorar? ¿Qué puedo hacer para que me valoren más?
El maestro, sin mirarlo, le dijo:
—Cuánto lo siento muchacho, no puedo ayudarte, debo resolver primero mi propio problema. Quizás después... –y haciendo una pausa agregó— Si quisieras ayudarme tú a mí, yo podría resolver este tema con más rapidez y después tal vez te pueda ayudar.
—E... encantado, maestro –titubeó el joven pero sintió que otra vez era desvalorizado y sus necesidades postergadas.
—Bien –asintió el maestro. Se quitó un anillo que llevaba en el dedo pequeño de la mano izquierda y dándoselo al muchacho, agregó –toma el caballo que está allí afuera y cabalga hasta el mercado. Debo vender este anillo porque tengo que pagar una deuda. Es necesario que obtengas por él la mayor suma posible, pero no aceptes menos de una moneda de oro. Vete antes y regresa con esa moneda lo más rápido que puedas.

El joven tomó el anillo y partió. Apenas llegó, empezó a ofrecer al anillo a los mercaderes. Estos lo miraban con algún interés, hasta que el joven decía lo que pretendía por el anillo. Cuando el joven mencionaba la moneda de oro, algunos reían, otros le daban vuelta la cara y sólo un viejito fue tan amable como para tomarse la molestia de explicarle que una moneda de oro era muy valiosa para entregarla a cambio de un anillo. En afán de ayudar, alguien le ofreció una moneda de plata y un cacharro de cobre, pero el joven tenía instrucciones de no aceptar menos de una moneda de oro, y rechazó la oferta. Después de ofrecer su joya a toda persona que se cruzaba en el mercado –más de cien personas— y abatido por su fracaso, montó su caballo y regresó. Cuánto hubiera deseado el joven tener él mismo esa moneda de oro. Podría entonces habérsela entregado al maestro para liberarlo de su preocupación y recibir entonces su consejo y ayuda. Entró en la habitación.

—Maestro –dijo— lo siento, no es posible conseguir lo que me pediste. Quizás pudiera conseguir dos o tres monedas de plata, pero no creo que yo pueda engañar a nadie respecto del verdadero valor del anillo.
—Qué importante lo que dijiste, joven amigo –contestó sonriente el maestro—. Debemos saber primero el verdadero valor del anillo. Vuelve a montar y vete al joyero. ¿Quién mejor que él, para saberlo? Dile que quisieras vender el anillo y pregúntale cuánto te da por él. Pero no importa lo que ofrezca, no se lo vendas. Vuelve aquí con mi anillo.

El joven volvió a cabalgar. El joyero examinó el anillo a la luz del candil, lo miró con su lupa, lo pesó y luego le dijo:
—Dile al maestro, muchacho, que si lo quiere vender ya, no puedo darle más que 58 monedas de oro por su anillo.
¡¿58 monedas?! –exclamó el joven.
—Sí –replicó el joyero— Yo sé que con tiempo podríamos obtener por él cerca de 70 monedas, pero no sé... Si la venta es urgente...

El joven corrió emocionado a casa del maestro a contarle lo sucedido.
—Siéntate –dijo el maestro después de escucharlo—. Tú eres como este anillo: una joya, valiosa y única. Y como tal, sólo puede evaluarte verdaderamente un experto. ¿Qué haces por la vida pretendiendo que cualquiera descubra tu verdadero valor?

Y diciendo esto, volvió a ponerse el anillo en el dedo pequeño de su mano izquierda.

LAS RANITAS EN LA CREMA
Había una vez dos ranas que cayeron en un recipiente de crema. Inmediatamente sintieron que se hundían; era imposible nadar o flotar mucho tiempo en esa masa espesa como arenas movedizas. Al principio, las dos patalearon en la crema para llegar al borde del recipiente pero era inútil, sólo conseguían chapotear en el mismo lugar y hundirse. Sintieron que cada vez era más difícil salir a la superficie a respirar. Una de ellas dijo en voz alta:

—No puedo más. Es imposible salir de aquí, esta materia no es para nadar. Ya que voy a morir, no veo para qué prolongar este dolor. No entiendo qué sentido tiene morir agotada por un esfuerzo estéril. Y dicho esto, dejó de patalear y se hundió con rapidez siendo literalmente tragada por el espeso líquido blanco.

La otra rana, más persistente o quizás más tozuda, se dijo:
— ¡No hay caso! Nada se puede hacer para avanzar en esta cosa. Sin embargo ya que la muerte me llega, prefiero luchar hasta mi último aliento. No quisiera morir un segundo antes de que llegue mi hora. Y siguió pataleando y chapoteando siempre en el mismo lugar, sin avanzar un centímetro. ¡Horas y horas!

Y de pronto... de tanto patalear y agitar, agitar y patalear... La crema, se transformó en manteca. La rana sorprendida dio un salto y patinando llegó hasta el borde del pote. Desde allí, sólo le quedaba ir croando alegremente de regreso a casa.


Y esto es todo por hoy. Espero que las historias os emocionen u os hagan reflexionar o solamente os sirvan de entretenimiento. Simplemente espero que les saquéis algún tipo de partido.

Un saludo, Edu.

Va de fábulas

Hola:

La noche sigue con otra fábula. Se ve que lo mío son las historias con significado o las infantiles:

El Águila y el Roble

Érase una vez que se era, un árbol muy grande, un roble fuerte y robusto que habitaba en un campo. Era el único árbol que allí se encontraba y vivía en soledad. Pero los robles grandes, robustos y viejos son árboles de mucha experiencia, son los sabios del reino vegetal.

Un día un águila que surcaba los cielos volaba por cielo azul disfrutando de un cálido día de verano cuando, buscando algo que comer en la tierra, vio al árbol solo en aquel campo verde. No tenía mucha hambre así que se olvidó de la caza y fue a hablar con el árbol:

- Hola Roble. Siempre me he preguntado cómo pueden vivir los árboles siempre en el mismo sitio sin conocer otras tierras ni disfrutar de otros parajes. Pero tú además vives solo, ni siquiera en un bosque rodeado de tus iguales. ¿Tu vida es plena?
- Hola Águila. Las cosas no son siempre lo que parecen. Yo vivo solo porque hace muchos años un incendio hizo que todo el bosque que me rodeaba acabase en cenizas. Hoy, un campo verde y bonito me rodea y soy único aquí. Es cierto que fue una pérdida la de mis congéneres, pero ya lo he superado. Ahora soy un árbol que asombra a los que por aquí concurren porque disfrutan de mi majestuosidad y lo que me hace ser tan bonito es que soy único. Todos somos siempre únicos, pero cuando hay muchos juntos, no siempre se nota esa diferencia. Si miras a todos en conjunto creerás que todos somos iguales, pero si empiezas a conocer uno a uno a todos y cada uno de mi raza verás que cada cual tiene sus cosas y que unos causarán impresiones muy buenas en ti pero que olvidarás en seguida, otros no te causarán una impresión inicial pero luego lo recordarás y verás que era especial, otros desde el principio hasta el fin denotarán sus cuestiones. Otros, en cambio, no los aguantarás, otros te dejarán indiferente y otros frío. Yo soy un árbol que consigo hacer ver a todo el mundo que todos somos únicos, pero también enseño que no deberíamos esperar a que fuese tan evidente esa unicidad sino que en un conjunto, cada elemento es diferente, único.
- Es cierto. Pero reitero parte de mi observación: ¿no te gustaría poder viajar, cambiar de sitio y estar en otros lugares?
- Amigo, que tú puedas volar y cambiar de lugar y yo esté fijo en un lugar en concreto no significa que yo no esté en otros sitios. Tú has viajado por el mundo y yo siempre he estado aquí. Pero te diré una cosa: tú has estado en China, ¿verdad? Pero ahora no estás allí.
- Claro que no, estoy aquí.
- Pues yo estoy ahora aquí, pero también en China y en América y en gran parte del mundo.
- No lo puedo creer.
- La próxima vez que vayas por China, baja en cualquier sitio y pregunta: ¿Roble, estás aquí? Y aprenderás una valiosa lección.

Unos meses más tarde, el águila surcaba los cielos de China y entonces recordó a Roble. Dispuesta a comprender qué quiso decir éste, el águila descendió en un bosque y preguntó: ¿Roble, estás aquí?

De repente, un árbol que escuchó al águila respondió:

- Hola, ¿buscas al sabio Roble que ayudó al reino vegetal a aprender que todos somos únicos?
- Sí, así es. Me dijo que él estaba aquí también.
- Claro que está aquí. Y en otros sitios. Y ahora que tú le has recordado, también estará donde tú vayas.

Ese día el águila aprendió la lección. No importa los lugares en los que hayas estado ni cuánto de lejos o distancia hayas viajado. Lo que importa de veras es que allí donde hayas estado o donde no hayas estado, hayas dejado un rastro tuyo impreso en alguna persona que te haya conocido. Porque los lugares importantes están en el corazón de las personas, no en un punto del mapa. Lo importante no es viajar a muchos sitios, sino dejar marca en muchos sitios.

El Sol y la Luna

Hola:

Hace bastante tiempo escribí una especie de fábula con conclusión y todo (la verdad que estuve inspirado). Dado que sigo con mi sequía imaginativa pues aprovecho para recopilar información de otros tiempos (mejores). Ahí va:

La Historia del Sol y la Luna

En un principio la luna y el sol eran amigos, muy buenos amigos. Ambos tenían luz propia y siempre estaban juntos en cada momento. Un día en el que disfrutaban de su mutua compañía, la luna le dijo al sol que lo quería. El sol, tras meditarlo unos segundos, le contestó que él también sentía amor hacia ella. Pero hay una regla en el amor de los astros, si dos astros desean comenzar una relación, uno de ellos debe dejar su luz interior y su brillo debe depender de la luz del otro. La luna, sin pensarlo, hizo cesar su luz y comenzó así una gran relación entre ambos. Miles de años después, la luna descubrió que esa maravillosa relación se estaba deteriorando. La luna habló con el sol y el dijo que no sentía lo mismo que antes, le dijo que no quería seguir. La luna, triste, escapó lejos y estuvo llorando y llorando y llorando. Pero no solo la tristeza la llenaba por dentro, necesitaba brillar para seguir viviendo y la luz la había apagado. La luna volvió al Sistema Solar y se acercó al sol lo suficiente para brillar pero no acercándose demasiado al que un día había sido su amado. El sol la evitaba y la luna lo seguía, cada vez más cerca, ya no sólo por vivir, sino por intentar recuperar ese amor. El sol seguía y seguía escapando mientras ella lo buscaba por entre los planetas. Ahora, cuando la gente conozca esta nueva leyenda, cada vez que mire a la luna verá un astro que se mueve sin rumbo entre las estrellas, llorando, intentando encontrar de nuevo aquel amor perdido. Ese brillo que despide es lo único que queda de ese amor que, en su día, fue lo más precioso del Universo.


Conclusión: Cuando una relación termine, que no cese con ella la amistad. Si el amor se extingue, hay que intentar volver a prender la llama y, si no queda ni una sola cerilla, al menos conservar en la memoria el calor que un día dio esa llama. Si los leños (amistad) fue el desencadenante del amor, que sigan ahí cuando el fuego se apague. No quedarán cenizas, porque el fuego del amor no destruye los leños.

Espero que os guste.

Un saludo, Edu.

12 febrero 2007

Actualizándome

¡Qué cosas tiene la vida!

Hace dos años más o menos, mi mente era una olla a presión con muchas cosas que soltar y me dedicaba a escribir hojas y hojas y hojas y hojas y.... hasta más no poder con tonterías, sin nada que decir. Hace un año y tres meses aproximadamente, cree este blog con varios objetivos:

1. Tener un repositorio electrónico de todos mis escritos donde no los perdiese o los rompiese o lo que sea.
2. Hacer descansar mis manos. Yo no estoy hecho para escribir con boli, prefiero el teclado.
3. Hacer descansar los ojos de los demás. Repito, no estoy hecho para escribir con boli, mis letras son jeroglíficos.
4. Dar acceso más rápido para quien le pudiera interesar.

Pero fue crear este blog y mi mente dejó de estar saturada (o dejó de estarlo de tonterías que escribir). Mis escritos ya no eran tan graciosos ni tan rebuscados ni tan rotos ni tan edwinianos como antes. Parece ser que mis textos pasaban a ser mucho más profundos, más serios, más adultos.

Creo que estoy entendiendo por qué. Me estoy haciendo mayor. Me estoy transformando en un ser adulto y me da miedo. Quiero seguir siendo un niño grande, alguien infantil, chorrón, absurdo.

Intentaré seguir escribiendo de manera más o menos continuada aquí intentando plasmar el nuevo Edu 2.0 que está apareciendo ahora.

No sé si será mejor o peor, lo único que sé es que es diferente.